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¿Por qué apagamos su fuego en vez de encendernos con ella? ¿Por qué no la convertimos en la fogata común en la que debiéramos reunirnos convocados por su palabra que nos eleva y nos desvela, al mismo tiempo?

Por: Cristián Warnken*

Cuando yo leo estas prosas de Gabriela Mistral sobre la
materia, siento que se enciende en mí el fuego de la pasión, por una escritura
que tiene mucho de alucinación y mucho de éxtasis. Ella no es simplemente la
creadora de canciones de ronda (hizo canciones de ronda que son, algunas, verdaderamente,
sublimes; ella casi creó un género nuevo de las canciones de ronda que creó).
Tampoco es la joven poeta que le canta al amante suicida, ni menos la estatua
fea, hecha sin gusto de una plaza cualquiera de Chile en que la hemos
convertido. No es el cadáver yerto y frío en el nicho helado en el que los
chilenos la pusimos. No, ella es nuestra José Martí. Ella es nuestro Homero.
Ella es nuestro Alfonso Reyes y muchos más.

El fuego de su poesía y pensamiento me queman, como lector.
Su palabra viva me arde en la garganta. 
Su lucidez me late en las sienes como una piedra mineral que acumuló el
sol y la luz de milenarias cordilleras. No hay creadora chilena que esté más
sola, como lo ha estado ella en este país, el país del ninguneo, de la lectura
floja, de la falta de vuelo.

Octavio Paz, el escritor mexicano, la llamó en un bellísimo
ensayo: una solitaria dentro de las vanguardias. Su soledad me duele y me exaspera.
¿Por qué apagamos su fuego en vez de encendernos con ella? ¿Por qué no la
convertimos en la fogata común en la que debiéramos reunirnos convocados por su
palabra que nos eleva y nos desvela, al mismo tiempo? ¿Por qué  hemos congelado su danza, su vuelo, su éxtasis,
su amor, su pasión, su vida exuberante, su labia loca, su lava abrasadora? ¿Por
qué cuando hablamos de Gabriela Mistral nos interesamos más en la copucha sobre
Gabriela Mistral que en la creación viva de Gabriela Mistral? ¿Por qué?

Cuando nos acercamos a su rostro, cuando la miramos de frente,
debiéramos los chilenos agachar la cabeza de vergüenza porque no la vimos,
porque no la seguimos viendo todavía.

Y así como podemos pasar de largo frente a una mujer india
que en el Norte nos mira con pudor, recelo y miedo a nuestra indiferencia que
mata o no vemos el rostro del agua y del pan y de nuestras materias y de
nuestras geografías, que es nuestro alfabeto vivo de piedras, árboles y
pájaros, así hemos pasado de largo y seguimos pasando ante su rostro, negándonos
a nosotros mismos el ver, a través de su mirada, nuestro propio rostro, el más
profundo: el de su ser sepultado bajo tantas máscaras.

*Extraído del Conversatorio sobre «Mistral en la
Educación» realizado en nuestro Centro de Extensión Cultural Altamira.

Para ver el Conversatorio completo con Cristián Warnken, pincha aquí